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La crisis de la educación en la Ciudad de Buenos Aires

 

La Escuela como institución está en crisis en nuestro país, como lo está el Estado como garante de derechos. Antaño, funcionaba como una institución igualadora y generadora de futuro; en el inconsciente colectivo estaba – y aún perdura, pero con menor fuerza, la idea de que estudiar era sinónimo de progreso, ascenso social, trabajo. Hoy ya no es así. Estudiar no siempre asegura ni progresar, ni conseguir un trabajo estable ni mucho menos ascender socialmente. De manera tal que lo que hace unas décadas era seguridad, hoy se convirtió en un terreno pantanoso, en el cuál todos sabemos que hay que estudiar, todos sabemos que cada vez hay que especializarse más, pero al mismo tiempo sabemos que hacer todo esto no nos asegura bienestar.

Este terreno pantanoso sin duda tiene que ver con las transformaciones que vivió – y aún vive el mundo – a partir de la globalización y la pérdida de poder que sufrió el Estado en manos del mercado. En este contexto, la Escuela está perdiendo su potencial para instituir sociedad en parte porque no se sabe del todo qué escuela se quiere para cuáles ciudadanos. Es un lugar común decir que hoy, muchas veces, la Escuela reemplaza al hogar tanto en el aprendizaje de valores como por ejemplo en alimentar a los chicos; pero por ser un lugar común no está demás decirlo porque son preocupaciones que tienen muchos maestros, sobre todo de colegios públicos en zonas carenciadas. 

Pero sin dudas existe un problema adicional a este. Nos referimos a las desigualdad que hay entre la educación por estratos sociales. Guillermina Tiramonti caracteriza diferentes perfiles institucionales: a) “Las escuelas como espacio para la conservación de las posiciones ya adquiridas”: “Son escuelas cuya meta explícita es fijar a los alumnos en la posición de privilegio que gozan sus familias”; b) “La apuesta al conocimiento y la excelencia”: “…instituciones centradas en el saber y la excelencia intelectual…”; c) “Una escuela para anclar en un mundo desorganizado”: colegios que reúnen ciertas condiciones como ser “cercanía geográfica, contención afectiva, socialización en los valores de la convivencia y solidaridad e instrucción”; d) “Una escuela para resistir el derrumbe”: Son instituciones que apuntan a contener el colapso social, se busca la supervivencia de las personas que asisten a estas. Las familias que mandan a sus hijos a este tipo de colegio hacen una “apuesta desesperada para incluirlos en la ¨vida digna¨, expresión con la que se designa una existencia que combine trabajo y familia”. (Tiramonti, 2010)

Como se puede observar a partir de este breve resumen de las clasificaciones de Tiramonti, claramente no hay UNA sola escuela sino que hay varías y básicamente, y por lo general depende de lo que la familia pueda pagar.

En la Ciudad de Buenos Aires, la desigualdad es alarmante, así como lo es la falta de confianza en la educación pública. Algunos datos duros del 2011 a partir de datos provenientes del Ministerio de Educación de la Ciudad: a) el 42% de los alumnos matriculados en el nivel medio de educación lo hace en el sector privado, y solo un 58 en las escuelas de gestión estatal; b) el 47% de los alumnos matriculados en el nivel primario lo hace en el sector privado, y solo un 53% lo hace en escuelas de gestión estatal. Estos no son datos menores, las propias estadísticas del Gobierno de la Ciudad indica que casi el 50% de los chicos y adolescentes que asisten a la Escuela lo hacen a colegios privados. Si a esto le sumamos la transferencia en subsidios a la educación privada, sin dudas lo que se está generando en términos de política educativa es un vaciamiento de la escuela pública y una transferencia de personas hacia el sector privado, es decir hacia el mercado.

En este contexto son pocos los que discuten la política educativa, sin embargo todos los años discutimos salarios docentes.

Discutir salarios no es malo, todo lo contrario. Las paritarias son un triunfo de los trabajadores que hace a la dignidad de cada uno de nosotros. Ahora, en la Ciudad de Buenos Aires un maestro que trabaja un turno y tiene cinco años de antigüedad gana alrededor de $3.000, si trabaja doble turno rondaría los $6.000 – estamos hablando que trabaja con alumnos en el aula alrededor de 10 horas reloj, más corregir, más planificar las clases, etcétera -, si a esto lo dividimos por 30 días del mes, estamos diciendo que un maestro debiera vivir con $200 por día. Flaco favor se le hace a la educación de este modo. 

Es decir, no sabemos qué escuela queremos y para formar a quiénes, mientras tanto se vacía a la educación pública y se obliga a que los familias manden a sus chicos a colegios privados, y para terminar se le paga miseria a los maestros que deben formar para el futuro. En este contexto no alcanza solo con la voluntad de algunos pocos hombres y mujeres preocupadas por la educación, hace falta más Estado.

Por último es urgente democratizar la educación, no solo escuchar a los especialistas. Hace falta la voz de los maestros, de los padres que llevan a los chicos al colegio y por supuesto de los chicos. Es necesario democratizar la educación y de una vez por todas decir con todas las letras que tenemos un problema, en donde el salario docente es una parte pero no el todo, porque si no corremos el riesgo de no comprender la dimensión exacta del desafío que debemos afrontar.

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